El dilema del dólar bajo en Uruguay: precios altos, costos crecientes y una competitividad en jaque
- Jorge Alonzo

- 10 oct
- 2 Min. de lectura
Por Jorge Alonzo- CharruaTV AGRONOTICIAS
La evolución del tipo de cambio en Uruguay durante 2025 ha encendido luces de alerta en el sector agroexportador. Con un dólar que se mantiene en torno a los $U 39,80—marcando una baja acumulada del 3,36% en lo que va del año—el país enfrenta una paradoja estructural: precios internacionales de commodities en niveles históricamente altos, pero una rentabilidad interna cada vez más comprometida.

El maíz, la carne bovina, el arroz y la soja han mostrado valores firmes en los mercados globales. La tonelada de carne, por ejemplo, supera los USD 5.600, y el maíz mantiene precios sostenidos gracias a la demanda regional.
Sin embargo, este escenario favorable se ve opacado por un tipo de cambio que no acompaña la realidad productiva.
Como señaló el coordinador ganadero de FUCREA, Gonzalo Ducos, “el dólar bajo es nuestra retención”. Es decir, el atraso cambiario funciona como un impuesto invisible que erosiona los márgenes del productor.
A esto se suma una estructura de costos en constante ascenso: fertilizantes, fitosanitarios, energía, logística y servicios técnicos han incrementado su peso en la ecuación productiva.
El resultado es una rentabilidad ajustada, incluso en rubros que históricamente han sido motores de la economía rural.
La política monetaria, centrada en el control de la inflación, ha contribuido a la apreciación del peso.
Si bien esto puede beneficiar al consumo interno y a la estabilidad macroeconómica, genera tensiones en sectores que dependen del dólar como referencia de ingresos.
El agro, que exporta en dólares pero produce en pesos, queda atrapado en una pinza que exige respuestas estratégicas.
Desde el punto de vista institucional, se vuelve urgente repensar mecanismos de protección cambiaria, seguros de cobertura y políticas fiscales que reconozcan la especificidad del agroexportador.
No se trata de subsidiar ineficiencias, sino de evitar que un tipo de cambio desalineado castigue la inversión, la innovación y el empleo rural.
En este contexto, el maíz se vuelve un cultivo testigo. Define la zafra no solo por su calendario, sino por su capacidad de mostrar con crudeza las tensiones entre precios internacionales, costos internos y política económica.
El desafío está planteado:
¿Cómo sostener la competitividad sin sacrificar estabilidad?
¿Cómo equilibrar la macroeconomía con la realidad del campo?
AGROPROYECCIÓN 2025 propone abrir este debate con rigor técnico y mirada estratégica.
Porque entender el dólar no es solo mirar una cotización: es leer el pulso de un país que produce, exporta y necesita que su moneda acompañe ese esfuerzo.









