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INIA: un presupuesto de 58,5 millones de dólares para sostener la ciencia y el agro uruguayo

  • hace 7 horas
  • 3 min de lectura
Miguel Sierra, presidente del Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria, habló en CharrúaTV sobre los desafíos de competitividad, sostenibilidad y transferencia tecnológica que marcarán el futuro del agro nacional.

 

Entrevistado en el estudio de CharrúaTV, Miguel Sierra no dudó en definir al Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria como un actor vertebral del sistema de ciencia, tecnología e innovación de Uruguay.


Su visión es clara: la competitividad del agro uruguayo no puede sostenerse sin evidencia científica aplicada al contexto local. “La experiencia demuestra que lo agronómico requiere ciencia propia, adaptada a nuestro suelo, nuestro clima y nuestra cultura”, subrayó.

En un país donde la horizontalidad cultural permite que productores, investigadores y autoridades dialoguen cara a cara, INIA se convierte en el puente que une la investigación con la política pública y las demandas del mercado internacional.


Ciencia con identidad uruguaya

Sierra insistió en que Uruguay no puede copiar recetas de Nueva Zelanda o Brasil.

La investigación debe responder a la idiosincrasia del productor uruguayo y a las particularidades de cada región.

Esa identidad se apoya en un capital invaluable: los datos. “Los registros históricos de Uruguay valen oro en la era de la inteligencia artificial”, destacó, recordando que la cultura nacional de documentar y sistematizar información es hoy la base de la ciencia de datos aplicada al agro.

 

Las estaciones experimentales: cinco motores de innovación

INIA cuenta con cinco estaciones experimentales distribuidas en el territorio: en Canelones, Tacuarembó, Salto, Treinta y Tres y Colonia. Cada una refleja la realidad productiva y cultural de su entorno, generando soluciones específicas para los desafíos locales.

 

Sierra explicó que no se puede “copiar y pegar” una tecnología diseñada en Montevideo y aplicarla en el interior sin adaptación. Cada estación es un laboratorio vivo que conecta ciencia y comunidad, y que busca transformar la investigación en herramientas prácticas para los productores.

 

Ciencia para repoblar la campaña

El presidente de INIA fue enfático: la investigación puede ser una palanca para repoblar el campo. La aplicación de nuevas tecnologías, sumada a servicios de educación, salud y recreación, puede hacer atractiva la vida rural y ofrecer alternativas reales frente a la migración hacia las ciudades. “Tenemos que pensar la ruralidad de forma sistémica, con visión transministerial, integrando lo agropecuario con lo social y cultural”, señaló.

 

Transferencia tecnológica: la frontera a derribar

Uno de los grandes desafíos que Sierra reconoció es la transferencia de conocimiento. Existe aún un “valle” entre lo que se investiga y lo que llega efectivamente al productor. Para superar esa brecha, INIA proyecta una unidad de articulación productiva que coordine con actores públicos y privados, y apuesta a sistemas híbridos que combinen herramientas digitales con el contacto humano.

 

“Publicar una revista o un video no alcanza. Necesitamos técnicos que acompañen al productor en el territorio”, afirmó, marcando la necesidad de fortalecer la extensión rural y la comunicación profesional.

 

Financiamiento y sostenibilidad institucional

La pandemia de COVID-19 golpeó las finanzas de INIA, que perdió parte del aporte estatal. Hoy, el presupuesto asciende a 58,5 millones de dólares, con 800 millones de pesos uruguayos provenientes de Rentas Generales.

 

El desafío es diversificar ingresos y mejorar la eficiencia. La nueva Ley de Competitividad abre la posibilidad de crear sociedades con privados, fomentar empresas de base tecnológica y participar en fondos de promoción junto a la Universidad de la República. “No se trata solo de buscar financiamiento, sino de orientarlo a los desafíos y objetivos del país”, explicó Sierra.

 

Alianzas internacionales y sostenibilidad

La internacionalización es otro eje clave. INIA mantiene vínculos con universidades de Estados Unidos, Europa, Oceanía y China, y utiliza la diplomacia científica como herramienta para abrir puertas y derribar barreras geopolíticas.

 

Uruguay, recordó Sierra, vende confianza. Esa confianza se traduce en alimentos saludables producidos de forma sostenible, respetando el medio ambiente y la biodiversidad. El acuerdo con la Unión Europea exigirá evidencia científica precisa sobre emisiones y uso de recursos, y ahí INIA tendrá un papel central.

 

“Uruguay se posiciona como productor de alimentos sostenibles, respaldados por ciencia y confianza”, sintetizó.

 
 
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